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jueves, 21 de abril de 2011

WTF

Frente a la pretendida ley de rotulación de alimentos, que busca entre otras cosas evitar el consumo desmedido de la denominada "comida chatarra", el llamado mundo universitario ha conseguido que la prohibición de venta en las instituciones de educación, solo rija para los colegios y no para ellos. O sea el mensaje que se envía es: Reconocemos lo dañino de este tipo de alimentos, validamos los estudios que hay al respecto pero ¡por favor, déjennos seguir comiendo mierda!
Y yo haciendo uso del sagrado derecho a pataleo digo ¿¡Qué mierda es esto?! o como está de moda decir, en inglés -what that fuck?
Hugo

jueves, 14 de abril de 2011

Los japoneses arrojaron millones de litros de agua radiactiva al océano. Ese fue el titular de hace algunos días y como todo el mundo estaba tan conmovido por la tragedia nadie se detuvo a meditar al respecto. Así como la indiferencia mundial ha dejado en el olvido las muertes de Iraq, los presos de Guantánamo, la hambruna de Haití, los muertos de los carteles mexicanos, etc., hoy permanecemos impávidos ante este derrame mortal que nadie ha querido dimensionar.Es como si todos prefirieran cerrar los ojos y cruzar los dedos para que no nos pase nada malo. Alguien dijo que "lo que el hombre hace al planeta pronto le sucede a él" y creo que esta acción de los japoneses marca un trágico antes y después en la historia de la humanidad.
Hugo

sábado, 2 de octubre de 2010

Palabras de Paulo Cohelo

Solitario en el camino

La vida es como una gran carrera en bicicleta, cuya meta es cumplir la leyenda personal –aquello que, según los antiguos alquimistas, es nuestra verdadera misión en la Tierra.

En la línea de partida estamos juntos, compartiendo camaradería y entusiasmo. Pero, a medida que la carrera se desarrolla, la alegría inicial cede lugar a los verdaderos desafíos: el cansancio, la monotonía, las dudas sobre la propia capacidad. Nos damos cuenta de que algunos amigos ya desistieron en el fondo de sus corazones; aún siguen corriendo, pero es porque no pueden parar en medio de la pista. Este grupo se va haciendo cada vez más numeroso, con todos pedaleando al lado del coche que acompañan, donde conversan entre sí y cumplen con sus obligaciones, pero olvidan las bellezas y desafíos del camino.

Nosotros terminamos por distanciarnos de ellos y entonces estamos obligados a enfrentar la soledad, las sorpresas de las curvas desconocidas, los problemas que pueda crearnos la bicicleta. En un momento dado, después de algunas caídas sin que haya nadie cerca para ayudarnos, terminamos por preguntarnos si vale la pena tanto esfuerzo.

Sí, vale. Se trata sólo de no desistir. El padre Alan Jones dice que para que nuestra alma tenga condiciones de superar esos obstáculos necesitamos cuatro fuerzas invisibles: amor, muerte, poder y tiempo.

Es necesario amar, porque somos amados por Dios.

Es necesaria la conciencia de la muerte, para entender bien la vida.

Es necesario luchar para crecer, pero nunca dejarse ilusionar por el poder que llega junto con el crecimiento, porque sabemos que él no vale nada.

Es necesario aceptar que nuestra alma, aunque sea eterna, está en este momento presa en la tela del tiempo, con sus oportunidades y limitaciones. Así, en nuestra solitaria carrera en bicicleta, tenemos que actuar como si el tiempo no existiera, hacer lo posible para valorizar cada segundo, descansar cuando sea necesario, pero continuar siempre en dirección a la luz divina, sin dejarnos afectar por los momentos de angustia.

Estas cuatro fuerzas no pueden ser tratadas como problemas a ser resueltos, ya que están fuera de cualquier control. Tenemos que aceptarlas y dejar que nos enseñen lo que necesitamos aprender.

Vivimos en un universo que es al mismo tiempo lo suficientemente gigantesco como para rodearnos y lo bastante pequeño como para caber en nuestro corazón. En el alma del hombre está el alma del mundo, el silencio de la sabiduría. Mientras pedaleamos en dirección a nuestra meta, es siempre importante preguntar: “¿Qué hay de bueno en el día de hoy?” El sol puede estar brillando, pero si la lluvia estuviera cayendo, es importante recordar que eso también significa que las nubes negras se habrán disuelto en breve. Las nubes se disuelven, pero el sol permanece inmutable y no pasa nunca. En los momentos de soledad es importante recordar eso.

Finalmente, cuando las cosas llegan a ponerse muy duras, no podemos olvidar que todo el mundo ya pasó por eso, independientemente de raza, color, situación social, creencias o cultura. Una hermosa plegaria del maestro sufí Dhu’I-Nun (egipcio, fallecido el año 861 a. C.) resume bien la actitud positiva necesaria en estos momentos:

“Oh, Dios, cuando escucho las voces de los animales, el ruido de los árboles, el murmullo de las aguas, el gorjeo de los pájaros, el zumbido del viento o el estruendo del trueno, percibo en todos ellos el testimonio de tu unidad; siento que tú eres el supremo poder, la omnisciencia, la suprema sabiduría, la suprema justicia.

“Oh, Dios, te reconozco en las pruebas que estoy pasando. Permite, Oh, Dios, que tu satisfacción sea mi satisfacción. Que yo sea tu alegría, aquella alegría que un padre siente por un hijo. Y que yo me acuerde de ti con tranquilidad y determinación, incluso cuando resulte difícil decir te amo”

Paulo Coelho

martes, 14 de septiembre de 2010

Una mirada al Chile global

De pronto no me entiendo, o no entiendo a la gente. Consumen sus energías en devorarse unos a otros, y en una cruenta lucha sin cuartel, distraídos en ensayar mil formas de herirse, deambulan como sonámbulos en un extraño ritual de violencia que parece clamar por muertos frescos, como si no tuviéramos suficiente con los de hace treinta años, esos que se nos han hecho tan cotidianos, tan presentes en los discursos, que nuestra frágil memoria los ha transformado sólo en una pequeña dolencia, aquí en la frente. Son sólo fotografías con rostros mudos. Son un spot más; la repetida estrategia comercial de una agencia sin dueños. Son como fantasmas que nos atacan desde los noticieros, perturbando nuestra sosegada indiferencia.

Sin duda, todo comenzó un mal día, cuando éramos niños. Estabamos en nuestra vieja casa, peleándonos por tonteras, jugando todavía con barro, cuando una gran bomba disparada desde el norte explotó en el medio de nuestro campo de flores bordado. Como una portentosa bengala repartió luces y rayos de colores en todas direcciones. El poder de aquella bomba era escalofriante, cegó los ojos y la mente de muchos, nos entumeció los músculos y borró de nuestros viejos la sonrisa. Dejamos de lado nuestros juegos ancestrales, nuestros ingenuos sueños primitivos y presurosos corrimos a contemplar el espectáculo de luces y colores. Nos fuimos detrás de esos rayos coloridos tratando de atraparlos, y en este afán por alcanzarlos nos estrellamos unos a otros, nos tironeamos y pisoteamos... pero no nos importó. Nuestros hermanos mayores, quienes debían cuidarnos, nos dejaron solos, buscando para ellos la mejor ubicación y en tropel cual manada de lobos hambrientos nos lanzamos en ciega carrera hacia la luz.

Creímos ver promesas magníficas en aquel portento, y hasta aprendimos códigos extraños y los hicimos nuestros, con tal de gozarnos de su poder.

Hoy estamos globalmente prisioneros de esa luz. Nuestra existencia está colmada de toda clase de nimiedades. Ya ni siquiera sabemos quienes somos. Las costumbres extrañas nos acalambran el cuello y nos impiden mirar atrás. Agitados y atontados por el ritmo de un devenir patético, apenas si tenemos tiempo de sacudir nuestro desgastado y polvoriento traje de lentejuelas taiwanesas, pues el próximo acto está por empezar.

Practicamos a concho “el vivir el día,”sin saber adonde vamos. La omnipresente competencia, el mercado, el dinero plástico y las diarias promociones han atiborrado nuestra infantil caja de juguetes sin conseguir que olvidemos ese viejo dolor en el alma, que a pesar de todo aún lo llevamos dentro. Aún tenemos un llanto postergado, aún debemos miles de sentidos pésames. Todavía, aunque prisioneros de las luces, tendremos que expiar nuestras culpas, por todo lo que no quisimos entender a su debido tiempo y tendremos que hacernos cargo de esos rostros, de esos dolores abandonados y de esa suplicante tristeza. Habrá que darse a la tarea de curar para siempre las heridas manchadas de sangre seca, habrá que consolar y pedir perdón. Habrá que desnudarse e imaginar en nuestros cuerpos las marcas humillantes de otros cuerpos. Sólo después de eso, entenderemos una parte de nuestra historia, una mínima parte, pero suficiente para aliviar por fin, de aquel dolor en nuestra frente.
Hugo Matus R.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Saramago y su visión de la “injusticia globalizada”

El escritor español José Saramago premio nobel de literatura del año 1998, participó en la clausura del Foro Mundial Social, realizado en Porto Alegre, Brasil, hace algunos años. El escrito que leyó se denominó “Este mundo de la injusticia globalizada” que dice lo siguiente:

“ Comenzaré por contar en brevísimas palabras un hecho notable de la vida rural ocurrido en una aldea de los alrededores de Florencia hace más de cuatrocientos años. Me permito solicitar toda su atención para este importante acontecimiento histórico porque, al contrario de lo habitual, la moraleja que se puede extraer del episodio no tendrá que esperar al final del relato; no tardará en saltar a la vista.

Estaban los habitantes en sus casas o trabajando los cultivos, entregado cada uno a sus quehaceres y cuidados, cuando de súbito se oyó sonar la campana de la iglesia. En aquellos píos tiempos (hablamos de algo sucedido en el siglo XVI), las campanas tocaban varias veces a lo largo del día, y por ese lado no debería haber motivo de extrañeza, pero aquella campana tocaba melancólicamente a muerto, y eso sí era sorprendente, puesto que no constaba que alguien de la aldea se encontrase a punto de fenecer.

Salieron, por lo tanto, las mujeres a la calle, se juntaron los niños, dejaron los hombres sus trabajos y menesteres, y en poco tiempo estaban todos congregados en el atrio de la iglesia, a la espera que les dijesen por quien deberían llorar. La campana siguió sonando unos minutos más, y finalmente calló. Instantes después se abría la puerta y un campesino aparecía en el umbral. Pero, no siendo este el hombre encargado de tocar habitualmente la campana, se comprende que los vecinos le preguntasen dónde se encontraba el campanero y quién era el muerto. El campanero no está aquí, soy yo quien ha hecho sonar la campana, fue la respuesta del campesino. Pero, entonces ¿ no ha muerto nadie?, replicaron los vecinos, y el campesino respondió: Nadie que tuviese nombre y figura de persona; he tocado a muerto por la Justicia, porque la Justicia está muerta.

¿Qué había sucedido? .Sucedió que el rico señor del lugar (algún conde o marqués sin escrúpulos) andaba desde hacía tiempo cambiando de sitio los mojones de las lindes de sus tierras, metiéndolos en la pequeña parcela del campesino, que con cada avance se reducía más. El perjudicado empezó por protestar y reclamar, después imploró compasión, y finalmente resolvió quejarse a las autoridades y acogerse a la protección de la justicia. Todo sin resultado; la expoliación continuó. Entonces, desesperado, decidió anunciar urbi et orbi (una aldea tiene el tamaño exacto del mundo para quien siempre ha vivido en ella) la muerte de la Justicia. Tal vez pensase que su gesto de exaltada indignación lograría conmover y hacer sonar todas las campanas del universo, sin diferencias de razas, credos y costumbres, que todas ellas, sin excepción, lo acompañarían en el toque a difuntos por la muerte de la Justicia, y no callarían hasta que fuese resucitada. Un clamor tal que volara de casa en casa, de ciudad en ciudad, saltando por encima de las fronteras, lanzando puentes sonoros sobre ríos y mares, por fuerza tendría que despertar al mundo adormecido... No sé lo que sucedió después, no sé si el brazo popular acudió a ayudar al campesino a volver a poner los lindes en su sitio o, si los vecinos, una vez declarada difunta la Justicia, volvieron resignados, cabizbajos y con el alma rendida, a la triste vida de todos los días. Es bien cierto que la Historia nunca nos lo cuenta todo...

Supongo que ésta ha sido la única vez, en cualquier parte del mundo, en que una campana, una inerte campana de bronce, después de tanto tocar por la muerte de seres humanos, lloró la muerte de la Justicia. Nunca más ha vuelto a oírse aquel fúnebre sonido de la aldea de Florencia, mas la Justicia siguió y sigue muriendo todos los días. Ahora mismo, en este instante en que les hablo, lejos o aquí al lado, a la puerta de nuestra casa, alguien la está matando. Cada vez que muere, es como si al final nunca hubiese existido para aquellos que habían confiado en ella, para aquellos que esperaban de ella lo que todos tenemos derecho a esperar de la Justicia: justicia, simplemente justicia. No la que se envuelve en túnicas de teatro, y nos confunde con flores de vana retórica judicial, no la que permitió que le vendasen los ojos y maleasen las pesas de la balanza, no la de la espada que siempre corta más hacia un lado que hacia otro, sino una justicia pedestre, una justicia compañera cotidiana de los hombres, una justicia para la cual lo justo sería el sinónimo más exacto y riguroso de lo ético, una justicia que llegase a ser tan indispensable para la felicidad del espíritu como indispensable para la vida es el alimento del cuerpo. Una justicia ejercida por los tribunales, sin duda, siempre que a ellos los determinase la ley, mas también, y sobre todo, una justicia que fuese emanación espontánea de la propia sociedad en acción, una justicia en la que se manifestase, como ineludible imperativo moral, el respeto por el derecho a ser que asiste a cada ser humano.

Pero las campanas, felizmente, no doblaban solamente para llorar a los que morían. Doblaban también para señalar las horas del día y de la noche, para llamar a la fiesta o a la devoción a los creyentes, y hubo un tiempo, en este caso no tan distante, en el que su toque a rebato era el que convocaba al pueblo para acudir a las catástrofes, a las inundaciones y a los incendios, a los desastres, a cualquier peligro que amenazase a la comunidad. Hoy, el papel social de las campanas se ve limitado al cumplimiento de las obligaciones rituales y el gesto iluminado del campesino de Florencia se vería como la obra desatinada de un loco o, peor aun, como simple caso policial. Otras y distintas son las campanas que hoy defienden y afirman, por fin, la posibilidad de implantar en el mundo aquella justicia compañera de los hombres, aquella justicia que es condición para la felicidad del espíritu y hasta, por sorprendente que pueda parecernos, condición para el propio alimento del cuerpo. Si hubiese esa justicia, ni un solo ser humano más moriría de hambre o de tantas dolencias incurables para unos y no para otros. Si hubiese esa justicia, la existencia no sería para más de la mitad de la humanidad, la condenación terrible que objetivamente ha sido. Esas campanas nuevas cuya voz se extiende, cada vez más fuerte, por todo el mundo, son los múltiples movimientos de resistencia y acción social que pugnan por el establecimiento de una nueva justicia distributiva y conmutativa que todos los seres humanos puedan llegar a reconocer como intrínsecamente suya; una justicia protegida por la libertad y el derecho, no por ninguna de sus negociaciones. He dicho que para esa justicia disponemos ya de un código de aplicación práctica al alcance de cualquier comprensión, y que ese código se encuentra consignado desde hace cincuenta años en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aquellos treinta derechos básicos y esenciales de los que hoy sólo se habla vagamente, cuando no se silencian sistemáticamente, más desprestigiados y mancillados hoy en día de lo que estuvieran, hace cuatrocientos años, la propiedad y la libertad del campesino de Florencia. Y también he dicho que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tal y como está redactada, y sin necesidad de alterar siquiera una coma, podría sustituir con creces, en lo que respecta a la rectitud de principios y a la claridad de objetivos, a los programas de todos los partidos políticos del mundo, expresamente a los de la denominada izquierda, anquilosados en fórmulas caducas, ajenos o impotentes para plantar cara a la brutal realidad del mundo actual, que cierran los ojos a las ya evidentes y terribles amenazas que el futuro prepara contra aquella dignidad racional y sensible que imaginábamos que era la aspiración suprema de los seres humanos. Añadiré que las mismas razones que me llevan a referirme en estos términos a los partidos políticos en general, las aplico igualmente a los sindicatos locales y, en consecuencia, al movimiento sindical internacional en su conjunto. De un modo consciente o inconsciente, el dócil y burocratizado sindicalismo que hoy nos queda es, en gran parte, responsable del adormecimiento social resultante del proceso de globalización económica en marcha. No me alegra decirlo, más no podría callarlo. Y, también, si me autorizan a añadir algo de mi cosecha particular a las fábulas de Fontaine, diré entonces que, si no intervenimos a tiempo- es decir, ya- el ratón de los derechos humanos acabará por ser devorado implacablemente por el gato de la globalización económica.

¿Y la democracia, ese milenario invento de unos atenienses ingenuos para quienes significaba, en las circunstancias sociales y políticas concretas del momento, y según la expresión consagrada, un Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo? Oigo muchas veces razonar a personas sinceras, y de buena fe comprobada, y a otras que tienen interés por simular esa apariencia de bondad, que, a pesar de ser una evidencia irrefutable la situación de catástrofe en que se encuentra la mayor parte del planeta, será precisamente en el marco de un sistema democrático general como más probabilidades tendremos de llegar a la consecución plena o al menos satisfactoria de los derechos humanos. Nada más cierto, con la condición de que el sistema de gobierno y de gestión de la sociedad al que actualmente llamamos democracia fuese efectivamente democrático. Y no lo es. Es verdad que podemos votar, es verdad que podemos, por delegación de la partícula de soberanía que se nos reconoce como ciudadanos con voto y normalmente a través de un partido, escoger nuestros representantes en el Parlamento; es cierto, en fin, que de la relevancia numérica de tales representaciones y de las combinaciones políticas que la necesidad de una mayoría impone, siempre resultará un Gobierno.

Todo esto es cierto, pero es igualmente cierto que la posibilidad de acción democrática comienza y acaba ahí. El elector podrá quitar del poder a un Gobierno que no le agrade y poner a otro en su lugar, pero su voto no ha tenido, no tiene y nunca tendrá un efecto visible sobre la única fuerza real que gobierna el mundo, y por lo tanto su país y su persona: me refiero, obviamente, al poder económico, en particular a la parte del mismo, siempre en aumento, regida por las empresas multinacionales de acuerdo con estrategias de dominio que nada tienen que ver con aquel bien común al que, por definición, aspira la democracia. Todos sabemos que así y todo por una especie de automatismo verbal y mental que no nos deja ver la cruda desnudez de los hechos, seguimos hablando de la democracia como si se tratase de algo vivo y actuante, cuando de ella nos queda poco más que un conjunto de formas ritualizadas, los inocuos pasos y los gestos de una especie de misa laica. Y no nos percatamos, como si para eso no bastase con tener ojos, de que nuestros Gobiernos, esos que para bien o para mal elegimos y de los que somos por lo tanto, los primeros responsables, se van convirtiendo cada vez más en meros comisarios políticos del poder económico, con la misión objetiva de producir las leyes que convengan a ese poder, para después, envueltas en los dulces de la pertinente publicidad oficial y particular, introducirlas en el mercado social sin suscitar demasiadas protestas, salvo las de ciertas conocidas minorías y eternamente descontentas.

¿Qué hacer? De la literatura a la ecología, de la guerra de las galaxias al efecto invernadero, del tratamiento de los residuos a las congestiones de tráfico, todo se discute en este mundo nuestro. Pero el sistema democrático, como si de un dato definitivamente adquirido se tratase, intocable por naturaleza hasta la consumación de los siglos, ése no se discute. Mas si no estoy equivocado, si no soy incapaz de sumar dos y dos, entonces, entre tantas otras discusiones necesarias o indispensables, urge, antes de que se nos haga demasiado tarde, promover un debate mundial sobre la democracia y las causas de su decadencia, sobre la intervención de los ciudadanos en la vida política y social, sobre las relaciones entre los Estados y el poder económico y financiero mundial, sobre aquello que afirma y aquello que niega la democracia, sobre el derecho a la felicidad y a una existencia digna, sobre las miserias y esperanzas de la humanidad, hablando con menos retórica, de los simples seres humanos que la componen, uno a uno y todos juntos. No hay peor engaño que el de quien se engaña a sí mismo. Y así estamos viviendo.

No tengo más que decir. O sí, apenas una palabra para pedir un instante de silencio. El campesino de Florencia acaba de subir una vez más a la torre de la iglesia, la campana va a sonar. Oigámosla, por favor.”

domingo, 7 de febrero de 2010

No, yo no puedo...


Un montón de veces me he topado con personas que se enfrentan a un computador como como quien enfrenta a una muralla. Imaginan que la dichosa maquinita está diseñada sólo para expertos o para la gente joven y se autolimitan antes de intentar siquiera apretar una tecla.
     Yo al principio, digamos hace unos diez años, tampoco tenía la más remota idea de como hacer algo en el computador pero cuando el interés por aprender es grande uno se aplica y pregunta y lee y vuelve a preguntar y finalmente practica. Para mi el autoaprendizaje es posible, por eso incluyo en el blog acceso a tutoriales de todo tipo, para que los temerosos se vayan animando y vean con otra mirada su computadora.
descarga aquí

Reflexiona

Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y esa, sólo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas

Pablo Neruda